Oct 25 2006
Un sueño en Silent Hill
Anoche tuve un sueño de película. Soñé que estaba en una especie de feria de objetos usados, que transcurría como en el patio de una escuela. Yo me ponía a mirar libros, como siempre buscando libros de fantasía, y encontraba un “Elric”, o al menos eso creía yo. Pensando que era el de Moorcock, lo sacaba y veía que en la portada aparecía una especie de caballero montando un caballo blanco… no mucho que ver con el príncipe albino de Melniboné. Veía que el autor no era Moorcock, y entonces notaba que el libro no se llamaba “Elric” sino que “Eric”. Decepcionado, dejaba inmediatamente el libro.
Comenzaba a caminar por la feria, observando los variados puestos. Había uno atendido por un señor moreno de pelo muy largo, con rasgos indígenas, con actitud que daba un poco de miedo. Vendía objetos de cuero: zapatos, pantalones, carteras, etc. Además, vendía unas máscaras grotescas. Había un puesto que tenía frascos y botellas, algunos de vidrio, otros de plástico. Me ponía a mirar las etiquetas, y la mayoría eran artículos de aseo que yo reconocía como “de épocas pasadas”. En el fondo, eran como botellas de champú o jabón de marcas que, en el sueño, me sonaban a marcas de los ochentas, aunque ya no recuerdo cuáles. De atrás de los estantes con botellas aparecía una señora que me preguntaba si necesitaba algún ingrediente. Ahí notaba que la tienda era una especie de tienda mágica, de ésas que venden velas y sahumerios, sólo que ésta vendía botellas con contenidos dudosos.
Luego de pasar varios locales notaba que había un edificio al centro de todo. Era un edificio de concreto, de unos tres o cuatro pisos. Se veía viejo, como mal mantenido. Frágil. Al acercarme notaba que el edificio era como un edificio de escuela: se veían escaleras y pasillos por fuera. Veía una entrada, la que seguramente me llevaría a una especie de hall desde donde probablemente yo podría subir al segundo piso, y observar la feria desde alguno de los pasillos exteriores. Decidía intentarlo, pero al acercarme aparecía el tradicional perro negro gigante infernal guardían del anticristo. Yo siempre le he tenido respeto a los perros, asi que me quedaba quieto. El perro no estaba en una actitud amenazante, pero ahí estaba, y yo desistía de entrar al edificio.
Volví a darme una vuelta por la feria, y volví a llegar al edificio luego de un rato, y notaba que el perro andaba con su dueño -un viejo flaco y canoso. La entrada al edificio se veía libre, y yo decidía entrar.
Por dentro, el edificio era el típico edificio de Silent Hill. Muros sucios, oscuro, cualquier decoración que alguna vez hubiera, ahora sólo le agregaba un toque retorcido al look del lugar. Al entrar, por esas cosas de los sueños, resultaba que yo no andaba solo, sino que andaba con una mujer rubia a la cual no conozco en la vigilia, pero en el sueño era importante para mí. “Tengo miedo”, me decía ella, “vámonos”. Al final del hall se veía una escalera. “Subamos”, le decía yo, “para ver la feria desde arriba”.
Subíamos las escaleras, que tenían un descanso a la mitad y que luego seguían subiendo en dirección opuesta, y llevaban a un pasillo perpendicular. En el pasillo habían puertas con ventanas; entradas a salones de clase. A un extremo del pasillo se veía la luz del exterior, hacia el otro extremo no se veía más que oscuridad. Caminábamos hacia la luz, y salíamos a un pasillo exterior, con más puertas. Desde ahí se podía ver la feria, aunque la vista era como de un cuarto o quinto piso, más o menos, y no como se vería realmente de un segundo piso. A lo lejos se veían niños jugando, como escolares, y se oían sus gritos. De pronto se escuchaba una campana, y los niños comenzaban a entrar a otro edificio, igual de lejos: otro colegio.
En ese momento, había junto a nosotros un tipo de facciones promedio (de esos tipos que uno tiene la impresión de haber visto antes, pero no puede estar seguro) vestido en un overol azul. Yo asumía que era una especie de cuidador. Yo le preguntaba por los niños (refiriéndome a los niños del otro colegio, a lo lejos), si metían mucha bulla en los recreos, y él me decía que no, que eran bien tranquilitos, pero que hoy no había clases, por la feria. Ahí yo entendía que él se refería al edificio donde estábamos parados, tan sucio y feo: supuestamente, aún se hacían clases ahí. Mi compañera y yo nos mirábamos con cara de “qué terrible”, cuando el conserje nos decía que iba a cerrar todo el piso de abajo, para que nadie más subiera, y además para que nadie se fuera a meter al sótano, por que se podía perder. Yo le preguntaba que qué tan grande era el sótano, que la gente se perdía, y él me decía que era inmenso, y que tenía salidas “al canal” (y apuntaba en una dirección), “al metro” (y apuntaba en otra) “y a …” (acá decía un nombre que yo no recuerdo, y que en el sueño no me sonaba de nada, a la vez que apuntaba en una tercera dirección). Luego nos indicaba que, para salir, tendríamos que seguir el pasillo por fuera, hasta llegar a una escalera que llevaba al patio posterior del colegio, y que desde ahí podíamos volver a la feria. Luego de decir esto, el conserje se iba.
Mi compañera y yo comenzábamos a caminar por el pasillo, mientras mirábamos las salas de clases. Se veían sucias, con los bancos rotos, los pizarrones -de tiza- descascarados y las ventanas con gruesas cortinas roñosas. Al final del pasillo veíamos la escalera que bajaba, pero decidíamos volver y recorrer el primer piso, que supuestamente ahora estaba cerrado.
Al volver a entrar al edificio, veíamos una banca y dos jóvenes, de unos quince años, sentados. Al vernos entrar se quedaban callados y nos miraban sin decir nada. Yo les sonreía y hacía un saludo con la mano mientras pasábamos. Seguíamos recorriendo el pasillo, ahora por dentro del edificio, acercándonos a la escalera que volvía al primer piso, cuando de una puerta de una sala de clase, salía un viejo gordo y sudoroso, vociferando palabras que ahora no recuerdo. De alguna forma, yo entendía que era profesor de esa escuela. De pronto, el viejo agarraba a mi compañera de los brazos y la empezaba a remecer. Yo le daba un empujón al viejo, para que soltara a mi amiga. Él, en un movimiento demasiado ágil para su envergadura, sacaba de alguna parte una pistola y me la ponía en la frente. Yo me quedaba paralizado, y mi compañera también. El viejo tenía la vista desorbitada, y seguía vociferando cosas. Gracias a sus gritos, y los sollozos de mi amiga, el viejo no escuchaba al conserje del overol azul, que había aparecido de la oscuridad al fondo del pasillo, y que se acercaba lentamente por detrás del viejo, con un cuchillo en la mano. En un rápido movimiento también, el conserje le cortaba la garganta al viejo guatón, el que caía al suelo desangrándose. El conserje comenzaba a darle puñaladas al profesor en el suelo, una y otra vez. Sorprendidos por el macabro rescate, mi amiga y yo decidíamos correr hacia la escalera que llevaba al patio posterior. En nuestra carrera, nos encontrábamos otra vez con los jóvenes quinceaños, los que se reían de nosotros y nos gritaban cosas.
Al final, lográbamos salir de la escuela, pero obviamente seguíamos corriendo hasta llegar a la feria, y una vez ahi, corríamos hasta salir de ella. Ya lejos, nos sentábamos en el pasto a recuperar el aliento, y mi compañera lloraba. “Tenemos que ir a la policía” le decía yo. “¿Estás loco?” me decía ella “no sabemos en quién confiar”.
Y acá vino lo más macabro de todo el sueño.
Yo comenzaba a decirle a mi compañera que teníamos que tener fe, y confiar en Dios, y todo ese tipo de cosas. ¡Yo diciendo ese tipo de cosas!
Bien, debo reconocer que han habido situaciones en las que yo he recomendado tener fe y confianza en dios, pero en general he dado ese consejo a personas que sé que tienen fe, y a quienes confiar en dios verdaderamente les alivia. Ahora, pensándolo bien, no me parece tan macabro, pero en el sueño era raro. Era casi como lo que yo le decía a mi compañera, me lo decía a mí mismo.
Entonces -ésta es la parte chistosa- al escuchar mi consejo religioso, yo pensaba “qué estoy diciendo? Este sueño se puso demasiado bizarro”.
Y desperté.
En el fondo, acepté todo lo de la feria, el colegio, el ataque del profesor, el asesinato, la huida… pero no acepté que yo hablara de dios…
?????
Super raro y bizarro el sueño, si no es por lo del metro, y por lo tanto en Santiago. Juraria que conozco el colegio que describes.
Borghal ¿Estas Bien?… Tus lectores te hemos extrañado
Cuando no relataste tu viaje a Talca pense, o no fue esta semana, o fue muy fome, al pasar los dias dije, puede que este muy ocupado y no ha podido ver el Blog, pero al no ver ningún comentario hoy sabado, y considerando como ha estado tu salud ultimamente, me preocupe.
Por eso te pido en representación de tus lectores que si estas bien, nos des alguna señal de vida.
Te extrañamos Borghal.
¡No estoy muerto! Aunque tampoco andaba de parranda. Es sólo que he estado un poco ocupado, y el tiempo libre que he tenido lo he dedicado a otras cosas. Tengo un montón de temas que quiero postear acá, pero tengo que organizarlos primero. ¡Ya escribo pronto!
¡Gracias por los comentarios!